Mujeres con rodete

domingo, 27 de junio de 2021

Herejías de mi ignorancia: opiniones

Niña leyendo       Pierre-Auguste Renoir

Solo llevo cuatro capítulos de Los Pazos de Ulloa:

Con el primero me reí. Qué humor, qué socarrona doña Emilia.

El segundo se me agarró al estómago y me lo retorció, y a la altura del cuarto exclamé "Esto es Cumbres Borrascosas en versión española".

Algo así como si doña Emilia hubiese visitado la mencionada finca, y la mugre, la crueldad cotidiana y el desamparo los hubiera rumiado en el camino de vuelta y se hubiera dicho "Pues de eso también tenemos por acá".

Pero doña Emilia te hace sonreír, te da una de cal y otra de arena ¡pobre curita que se queda empantanado entre pliegos, papeles y pergaminos!

     ***

Cuando terminé de releer Middlemarch, me dio coraje que no tuviera otras mil páginas -cosa que no me ocurrió la primera vez- pues ya puesta ¿qué más le daba a la señora Evans/Eliot? Me convierte en una cotilla inconmensurable, todo el día rabiando por tomar el libro y averiguar qué pasa con fulanito o menganita y ¡hay que ver el tiempo que hace que no me cuenta nada de zutanita ni perenganito! Y ahí mismo, a vuelta de página, como si me hubiera leído el pensamiento, zas, me los planta de nuevo para que no les pierda el hilo.

                                                                                                                     ***

Lo que no le perdono a la señora Evans/Eliot es que acabase El molino del Floss como lo hizo. Así que te vas encariñando con Maggi y cuando parece que su vida, fiel a su época, puede tener las salidas tales o cuales -unas contraviniendo la moral social, otras adaptándose a ella- va y XXX (que no está bien desvelar finales). Me dolió mucho, señora Evans/Eliot, me pareció artificioso, traído por los pelos, quitarse de en medio de una toma de decisiones. Bien es cierto que el final puede tener una dimensión simbólica a la que me resisto, pero como encabezo: hereje e ignorante.

      ***

Y hablando de finales, otro que me dejó algo perpleja, aunque no para mal, fue el de Villette, de Charlotte Brontë: apáñeselas el estimado o estimada lector o lectora y piense lo que quiera cuando cierre el libro. En una de sus biografías leí que su padre y el editor clamaban ¡No puedes acabarla así! y ella erre que erre, que sí, que así lo veo. Al final parece que se lo pensó y ni pa'ti ni pa'mí. Tampoco está mal que a los lectores nos dejen proseguir, elegir.

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Mi año lector lo comencé con la relectura -¿cuántas veces ya?- de La plaza del Diamante. Qué bellezón, qué frases, qué mimo, qué armonía, qué sencillez, qué expresividad. Cuando lo terminé me quedé en un limbo ¿y ahora, qué leo que me satisfaga? Me costó destetarme del libro. Señora Rodoreda, muchas gracias por haberse sentado a mi lado a contarme esta historia.

 

P.D.: Y todo esto a cuento de que no tengo nadie con quien hablar de lo que leo.

sábado, 6 de marzo de 2021

8 de marzo: Rosario Bravo y las páginas ocultas

Detalle del cuadro 

Una dama escribe una carta con su sirvienta 

Johannes Vermeer (1671)

 

 -¿Y esta libreta?

-¡Y yo qué puñetas sé, tírala!

Pudo haber ocurrido así, o no.

Una equivocación en la dirección de un desahucio y Rosario Bravo se ha quedado sin sus enseres: muebles, joyas, fotos familiares,... su dietario...

Dice el artículo periodístico que el dietario lo "guardaba cuidadosamente bajo la almohada de su cama", que lo "llevaba escribiendo desde hacía siete años".

¿Qué escribía Rosario en su dietario? 

Quizá las alegrías y penas cotidianas, emociones guardadas para que la familia no se preocupara, acaso travesuras de infancia o tiernos recuerdos de adolescencia, o el conteo de una sociedad actual vista con unos ojos que ven más allá; puede que su dietario fuera sus memorias, la memoria de su familia, acaso la de esa época gris y tenebrosa que nuestro país no se atreve a mirar cara a cara, a aceptar; o solo anécdotas de cada día, de vecindario y mercado, de calle y plazoleta. O de todo un poco.

 

¿Letra menuda, redondeada o picuda? ¿Renglones amplios, apiñados o serenos? ¿Prefería lo conciso, la sencillez de lo directo y nítido, la enumeración o la metáfora cotidiana, quizá las simbólicas? ¿Un lenguaje cotidiano o culto, de palabras usuales o escogidas?

Un dietario es un libro silencioso; con sus personajes, su trama, su estilo hilvanados en la soledad de la mesa camilla o arropados por la manta de la cama. Un dietario es un libro sin lector, solo lo leen los duendes que lo habitan. Las páginas de un dietario claman, chillan, saltan de alegrían, lloran con desconsuelo, rabian y rasgan, enumeran y narran, añoran, desean... Un dietario es un libro sellado por la intimidad de su autoría.

A lo largo de la historia se han publicado los diarios de escritoras y escritores reconocidos, la gran mayoría espulgados de todo aquello que revelaría a sus autores y a todos nosotros como quienes somos a través de nuestras cuitas más secretas, es decir, seres humanos.

Y ahora imaginen ustedes, un desahucio o una mudanza en casa de Virginia Woolf, Sylvia Plath, Gide o Pessoa:

-¿Y con esta libreta qué hacemos?

-¡Y yo qué puñetas sé, tírala!

Solo la imagen, la apariencia, el renombre, la fama protegen las palabras de su destino oscuro. La palabra de una mujer desconocida, Rosario, no merecía valor ni aprecio; la experiencia íntima de Rosario, su relación con el mundo, con ella misma, esencia de su palabra no merecía ser tenida en cuenta ni delicadeza alguna.

Los diarios, los dietarios son una forma de memorialismo, no tienen sexo; sin embargo, se ha asociado y se asocia la escritura de un diario a lo femenino, a la mujer, a lo blando y sentimental y por lo tanto, en esta sociedad patriarcal en que vivimos: cosa de mujeres, para echar el rato, para entretenerse. Y se vacía la palabra de la mujer de todo significado para entender y comprender nuestro mundo, no se le da valor de significante que refleja y reelabora la vida. Y por ende, a los dietarios, sean de mano femenina o masculina, se los relega al estatus de palabra intrascendente, obviando así que primero fue la palabra y luego llegó la literatura.