Mujeres con rodete

martes, 1 de enero de 2013

Las señoras de la mosca


          Dicen que no hay escritor que se precie que no haya escrito sobre las moscas, o una mosca. Por casa anda “Escribir”, de Marguerite Duras. Su mosca me dejó desasosegada:
          Así comienza el fragmento Y fue en aquel silencio, aquel día, cuando de repente, en la pared, muy cerca de mí, vi y oí los últimos minutos de la vida de una mosca común.” y así termina "Me dije: 'Te estás volviendo loca'. Y me fui de allí."
          Quien más quiera saber, que se arriesgue a leerlo. Advertencia: vístase de buen ánimo con coraza.
          También en un poema de Emily Dickinson de 1862 aparece el animalito teñido del melancólico ánimo de su autora:

Oí zumbar una Mosca — al morir
la quietud del cuarto
era como la quietud del aire —
entre los sobresaltos de la tormenta —

los ojos que me rodeaban — se habían vaciado —
las respiraciones se unían firmes
para la última ceremonia — en que el Rey
aparecería — en el cuarto —

yo había legado mis recuerdos — legado
todo lo que podía transferir de mí
fue en ese momento
cuando se interpuso una mosca —

con azul zumbaba— indecisa tropezaba —
entre la luz — y yo —
y luego las ventanas declinaron — y luego
no pude ver para ver —

               No son escritoras que hayan tenido unas relaciones apacibles con la mosca, más bien fueron torturadas por el espíritu de esta: la muerte. Tánatos zumbón.
               Siguiendo, pues, con mi tarea de escribana, quiero dar cuerpo y arrebatar espíritu a tan gran torturadora, transcribiendo ciertas entradas que constan en el diario de la periodista Carla Masanni, encontrado en una alacena, bajo una caja de Campurrianas:

Me pregunto por qué me tiene que amar una mosca y no un hombre.
Esta mosca me tiene un cariño muy especial, de eso estoy convencida, si no ¿a qué acariciarme con tamaña insistencia, a qué rodearme con sus minúsculas patas? También me roza levemente con sus alas, en repetidos vuelos rasantes, a modo de tenues besos...
Y lo que no comprendo es por qué yo, tan falta de afecto, de amor, intento asesinarla a cojinazos. Paradojas de la vida.
*
Se ha levantado temprano, desayuna conmigo, aun a pesar de que es domingo. Sus gustos son muy diferentes a los míos. Ahora anda con el mando del vídeo, pero le digo que prefiero la radio. Me mira si hay algún mensaje en el teléfono móvil y se va a mi sillón.
Es agradable levantarse un domingo acompañada.
*
Estoy alisando las sábanas de mi cama. Se posa, como quien no quiere, en el filo.
No, cariño, no, ahora no tengo ganas, estoy un poco triste.
Salgo del dormitorio, y a mi vuelta, ahí sigue, ahora justo en el centro, su invitación, su insistencia...
No, cariño, no, déjame hacer la cama, hoy estoy triste.
*
Esta tarde es difícil trabajar. Se ha traído a una amiga y no paran de revolotear sobre la cama. Pero lo peor no es eso, las escucho continuamente zumbar sobre mis borradores, que si esto, que si lo otro, vaya topicazo, chica, mira, esto sí tiene estilo, y esto...
Voy a recoger y descansar un rato, así no hay quien escriba. Mejor me pongo a fregar. ¡Pero primero recojo mis papeles, qué ya está bien de tanto cotilleo!
*
Creo que su amiga se queda a dormir. ¡Pues yo no estoy dispuesta a un ménage à trois! Si quiere, que se vaya a la cama de invitados y me deje dormir a mí tranquila ¡qué ya es hora!
*
Aún sigo trabajando. Se ha posado en mi mano y la ha besado. ¡Qué detalle! Respeta mi dedicación, mi tiempo... Es tan extraño encontrar esto en la vida cotidiana...
*
He vuelto de la calle y, como siempre, tiro el bolso sobre la cama y desparramo su contenido: agenda, lápiz, cuaderno de notas, llaves... y tú revoloteas feliz, ahora sobre el libro de Ángeles Mastretta, ahora sobre la cajetilla de tabaco... Te paras, paseas, revoloteas... me miras. Yo me siento en la mecedora, cansada desde tan temprano que amaneció, casi a oscuras, y tú pones tus patitas en mis tobillos...
*
He intentado asesinarla con el trapo del polvo, ella tan quieta, sus patas sobre el cristal de la mesa, sus alas tan suavemente plegadas en torno a su cuerpecillo de azabache peludo... Mi mano ha quedado suspendida en el aire, el trapo colgando como un pingajo de espantapájaros... No me he atrevido. Ella ni siquiera me ha visto. ¿Cómo terminar con quien....? Bajo la mano, el trapo cuelga pegado a mi pierna como un alma sin cuerpo, despareja.
*
Hoy no la he visto. No sé dónde está. Nada me ha dicho.
*
¡Hola, cariño! Dime, ¿dónde estabas?
Besas con tus patitas el dedo corazón de mi mano derecha.
¡Son más de las nueve!
Pero tú me sonríes y comes de la fruta que como.
Vale, cariño, después hablamos.
*
Últimamente no te echo cuenta, ¿para qué?, si siempre hay que ir a tu ritmo, a tu paso. ¿Y qué marca tu paso? Lo desconozco. No te he pedido que me digas, que me aclares, que me expliques. No te he pedido nada. Me voy conformando con tu ir y venir, con si acaso, si no te molesta, si puedes... muestro mis deseos. ¡Pero hoy hemos llegado al límite! Quiero trabajar, necesito luz y nada más alzar la persiana ahí te encuentro, dispuesta a la pachanga con cuatro amiguitas. ¡Imbécil, deja mi cama en paz, solo quiero trabajar un rato, a ver si así olvido mi gran error: no haberte matado el primer día que te vi!
*
Lo nuestro es imposible, cariño, quizá mejor decir improbable. Tú eres un mundo y yo otro. Y para ser sincera, prefiero el mío y mi trabajo. Besos, que vueles feliz.
*
¡¡Plaff!!


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