Mujeres con rodete

jueves, 10 de septiembre de 2020

¿Dónde están sus sonrisas?

El país escuela
The Country School                                                    Winslow Homer

               El primer día de cole escuchabas la algarabía que llegaba hasta el tercer piso donde vivo. Escuchabas parloteos alegres. Ese primer día niños y niñas encontraban por el camino a amiguitas y amiguitos a los que no habían visto en meses. Las madres, los padres, las abuelas y abuelos también se saludaban y comentaban. Oía a mi vecinita de arriba excitada hablar con su madre mientras esperaban el ascensor. Era el primer día de colegio, el día anhelado desde finales de agosto. 
               Un día festivo en el calendario infantil en el que poco cuentan los libros nuevos y los cuadernos sin estrenar, porque ese día es el del reencuentro con los tuyos, el de la curiosidad por saber cómo será el maestro o la maestra nuevo, el de la alegría por ver a la seño tan querida o estar de morros porque se vuelve con ese profe que no gusta nada, quizá la inquietud del reencuentro con quien en los recreos se mete contigo o no te deja jugar; es el día en que la criatura de tres años asiste por primera vez al colegio "donde van los mayores", unos con cara de susto aferrados a la mano de su madre, otros lloriqueando y tironeando de la mano del padre, los más, alborozados e impacientes por formar parte de ese nuevo mundo del que tanto les han hablado. En cualquier caso, es un día festivo para las emociones.
            Salgo a mi caminata habitual. Mi barrio está sembrado de colegios, por mi ruta de andante pasaré por varios.  
               Me sorprende el silencio que envuelve el primero. El patio vacío y eso que es la hora del recreo. Tampoco de las aulas emana el murmullo alegre de un primer día de clase. A lo mejor el centro ha tenido que retrasar su apertura. Me consuelo con esto por no caer en una tristeza intuida.
           En mi camino me cruzo con un pequeño que se toquetea con incomodidad la marcarilla de colorines, con otro par de chiquillos de ojos serios. Este curso, la mochila nueva no parece causar una satisfacción particular.
                Ya en casa vuelve a resonar en mí el silencio de los colegios por los que he pasado. Quizá este curso entren de a poco, unos hoy, otros mañana. Quizá mañana escuche algo. Quizá mi amiga que trabaja al lado de un colegio grande me cuente el follón que se formó a la entrada: niños deshaciéndose de las manos de los mayores y corriendo a saludar a los amiguitos, otros gritándose desde lejos, esta o aquella saltando impaciente por entrar, jugueteando con sus pies, otro más allá, muy serio, enredado en su timidez. O puede que me comente que se formó un follón tremendo como todos los años ¡qué cuatrocientos niños son muchos niños!
             Lo que temo que me cuente es que todas las criaturas formaban de las manos de sus mayores con disciplina bien asumida, cada mascarilla bien encasquetada. Que no había jaleo, ni se escuchaba algarabía ni llanto de alguno, que ningún gritito se escapaba por el aire. Que me diga con su gracejo usual ¡aquello parecía la cola de un velorio para dar el pésame!
                 Y si me espero a los informativos de la televisión me mostrarán un mundo ideal donde las sonrisas de los pequeños quedan enmascaradas y sus palabras reproducen todas las retahílas y consignas que les hemos enseñado los mayores.
               
            

viernes, 26 de junio de 2020

Abril 2020: Soledades des-confinadas

After the rain                            Dora Maar

Camino de la compra, por una calle tan silenciosa de gente como repleta del trino de los gorriones, me sorprende en la acera de enfrente, a lo lejos, una fila de personas separadas la distancia prescrita a día de hoy. Aún no distingo más que sus siluetas, la ausencia de carros de la compra y su ubicación. Paso a paso, de mis pies y mi mente, reviso en la memoria los supermercados cercanos: no hay ninguno... Me distrae la cercanía en la esquina frontera un coche patrulla de la policía, inmóvil, sin más aparente intención que la costumbre de disuadir. 
Ya mi camino me ha acercado lo suficiente para que las siluetas, casi inmóviles, tomen color y ropaje. No avanza la fila, que dobla la esquina, que sigue más allá de donde mi mirada alcanza. En un acto puramente mental sitúo el portalón del comedor social, su amplio patio de acceso, el mostrador de recepción. Una hilera incontable, solo calculable.
Paciente espera de soledades. Llega alguien y más por decir unas palabras y escuchar una, pregunta: ¿Es el último? La palabra "sí" es innecesaria. Su sonido y el rostro que mira al otro rostro, imprescindibles. 
  
Por una calle ausente con olor a lejía, una mujer hambrienta de palabras me grita desde la parada de autobús de la acera de enfrente:
-Señora, ¿tiene hora?
Freno el paso y consulto el móvil:
-La una menos veinte.
-Parece que va a llover, hay muchas nubes.
-Sí, dan agua para esta tarde.
Y de repente se le ilumina el semblante: por fin llega el autobús. Tan vacío como todos los que veo pasar en las últimas semanas. 
Antes, tomabas asiento y a quien tenías al lado le preguntabas: ¿Tiene hora?, le comentabas: Parece que va a llover; si ese sondeo trivial revelaba buena disposición, convertías a la compañía de asiento en comensal de un festín de palabras. Las soledades se daban un descanso. 
¿Y si no hubiese aparecido el autobús? ¿Habríamos extendido nuestras soledades sobre la calzada, de acera a acera, y nos hubiéramos saciado con las fruslerías de la jornada?

De paso por una calle estrecha, un repartidor de paquetería pulsa en un portero electrónico. Responde una voz a la que imagino de un chico de unos diez o doce años, de cara redonda aún infantil, serio, a quien han levantado del ordenador y sus deberes escolares.
-Un paquete para X Z
-No puedo abrir.
-Pues avisa a tu padre.
-No está.
-Bueno, pues a alguien de la familia.
-No hay nadie.
Y un asombro alarmado reverbera en la voz del repartidor:
-¿Estás solo?
Y palabras como conciliación familiar o teletrabajo se vuelven solo vocablos de los informativos.

miércoles, 8 de abril de 2020

Imágenes des-confinadas

Escalera del puente de Trinquetaille                      Van Gog

              En la Plaza del Museo hay rosales. En unos pocos han nacido rosas. Tres, cuatro. Apenas abiertos los capullos, los pétalos escarlatas aún abrazados. Allá en el silencio de miradas, bajo un cielo agrisado, me regalan.

                Al pie de un joven naranjo se arremolinan matojos. Yergue de ellos sonriente una frondosa planta de margaritas. Como aquellas que dibujan y colorean los niños, pétalos blanquísimos y risueño botón amarillo.

                Bajo el puente transcurre un río quieto, que no es río, solo simulacro que alegra nuestra ciudad. Las aguas verdosas reflejan la luminosidad de un sol agazapado en el cielo plomizo. El río no ríe: ausentes los aprendices de navegantes, los toldos de colores que albergan las miradas de los turistas, sus riberas vaciadas de besos. 

                 Camino sobre un puente casi ajeno a su cometido: dos coches, una transeúnte. Avisto en el paseo junto al río a un hombre negro de pelo cano con una mascarilla que rompe el aire: amarilla, amarilla como un sol en su rostro nocturno. Viste ropa deportiva y bajo el brazo una bolsa de la compra reutilizable, salvoconducto en estos días. La deja sobre un banco y su cuerpo esbelto comienza sus ejercicios: estiramientos, flexiones. El ser sexuado que yace en mí, en estos días desvaído de puro taciturno, despierta y sonríe a la vista de un cuerpo vivo.

                  Vuelvo de la compra. Ya cerca de mi hogar, dobla la esquina del gran supermercado una mascarilla luminosa sobre un fondo oscuro coronado de gris. Presto camina con la bolsa repleta de viandas. En la cercanía intercambiamos nuestros silencios:
-Tú eres quien hacía flexiones junto al río.
-Tú eres la mujer pelirroja.

                Si cruzar el puente a la ida es nostalgia de un paisaje, de regreso es la contemplación de nuestro olvido. Un microscópico ser ha sido capaz de poner sobre él una lupa. Y así, agrandados sobre un paisaje desierto y silente los ves, un día y otro y otro, y cada día de todos estos que cruzo las márgenes. No muy lejos de ese retazo de margen está el comedor social.

                 Ellos dos, de piel atezada y ropas aseadas y modestas, cada uno a un lado del minúsculo muelle, entrambos el metro de aire aconsejado. Se entretienen en echar migas de pan a los patos, cada uno por su cuenta, en abstraída atención. Solo cuando una de las aves, enfadada por el hurto de su trozo persigue a velocidad al ladrón, ellos dos casi ríen e intercambian unas palabras. Luego vuelven a sumergirse en su laboriosidad.

                El puente llega a llano, a calzada y acerado. Antes del hotel que se asoma al río, aún puedo divisar el paseo adoquinado que lo flanquea por este lado, los bancos de piedra solitarios y la espesura enredada que cae sobre las aguas. Y ese único banco ocupado. Un hombre encorvado, tocado con un viejo sombrero marrón, a un extremo muerde un bocadillo; otro más joven, de tez morena y bigote poblado, al contrario hurga en su bolsa. En la distancia aconsejada, las bolsas de plástico con comida que reparte el comedor social; entre ambos el silencio que parece acompañarlo todo. Hace un mes, eran varios; hace un mes, se sentaban de a tres en el banco, las bolsas en el regazo; hace un mes, alguno más de pie fumaba frente a ellos; hace un mes, llegaba hasta mí el eco de sus charlas, en una lengua, en otra.


domingo, 9 de febrero de 2020

Los Gritos de Munch: ¿desde qué lugar creamos?

 
Las versiones de El grito de Edvard Munch.
          Son varios los cuadros:
          En uno, parece que el grito procede del lugar ambiguo, claroscuro, de los sueños; el lugar azulado onírico que a la lejanía vislumbra; la angustia nocturna que aún posee el rayo de esperanza del amanecer, del día por comenzar con su pequeña ofrenda de diferencia, de separatidad de la angustia cotidiana, oasis esperado para comenzar a caminar sin la cojera renqueante que acompaña nuestras jornadas.
          La viveza del color de otro nos remite al mundo del día, de los despiertos, de lo cotidiano abrumador, quizá desesperante, exasperante o angustioso; ese día que comienza y que chirría, que nos divide en dos: deseo y realidad, un tener y un querer incompatibles e indisolubles a nuestros ojos; y al fondo, pensativa sobre la baranda, nuestra parte más indemne, sumida en la taciturna reflexión, espera del fondo de las aguas una respuesta.
       Un tercer grito parece provenir de nuestra propia noche esperanzada, esperanza traicionada: los colores de la vida están a nuestra espalda. Nuestra ignorancia gris nos ciega tanto como para no caer en la cuenta de que con un leve giro de la cabeza atisbaríamos algo, cuya diferencia daría un respiro a la opresión de nuestro plexo. Caminamos cara a la noche, el paso rígido, la ansiedad al frente.
         Y aquel cuyo colorido ha muerto: los anaranjados y rojizos murieron, o no llegaron a nacer, en los ocres apagados; los azules se camuflan y ocultan en tonos indefinidos. Las ondulaciones y sinuosidades no respiran un erotismo sugerido, culebrean apresando, agitando, retorciendo, dando cauce a ese desorden que a veces nos invade y posee, nos encadena a un presente de impotencia en que la exasperación y ansiedad ante los días por venir no es menor que la desesperanza y culpabilidad de los que marcharon. Y si cambiásemos unas palabras por otras, las que tendrían cabida serían miedo, angustia, ira, soledad, vergüenza... y todas aquellas que nos suelen acompañar en la ausencia de silencio de nuestra mente.
          ¿Desde qué lugar creamos? Desde ese puente desapercibido bajo El grito. Desde el puente que nos sostiene, aquel que une nuestra tierra pasada, baldía o fértil, con nuestro futuro incognoscible. Se grita -se escribe, se pinta, se esculpe, se crea- sobre un puente. Un puente es un sosten y a la vez un enlace entre dos tierras. Un puente comunica esas tierras, ambas inexistentes. La pasada, reminiscencias y rémoras, es un lugar de partida. Nuestros pies se asientan frágiles o afianzados sobre los tablones. Al otro lado la visión, la imagen, el sonido de la obra aún inasible. Creamos desde lugares a nuestras espaldas, giramos la cabeza, columbramos o regresamos. Esas tierras están sembradas de momentos dolorosos, de instantes tiernos, de fugaces alegrías, de bellezas efímeras que al cerrar los ojos vuelven a nosotros en plenitud, de persistentes sufrimientos y obsesiones que pugnan por darnos alcance, de miedos galopantes y manos consoladoras, de soledades, de compañías, de placeres inconfesables o compartidos..., de cada nimia pizca que nos alcanzó desde nuestro nacimiento.
             Quien crea es recolector, recolectora del fruto más doloroso y de la fruta más madura. Cada persona que crea hace su propia cosecha, escoge los granos con que amasar su pan. Por eso, cada artista, cada artesano nos ofrece una creación diferente, todas apreciables en su diversa valía; esas tierras personales, esas recolecciones sosegadas o apremiantes conforman las obras propias y la riqueza colectiva.
 

domingo, 19 de enero de 2020

Bella idea la de Olivia Sudjic

The convalescent                Gwen John

            Talismán: Dícese del objeto, a veces con figura o inscripción, al que se atribuyen poderes mágicos. Así lo define el diccionario. La escritora Olivia Sudjic nos habla en su ensayo Expuestas de sus libros talismanes. Me llamó la atención; paré de inmediato a considerar la idea; yo también he tenido a lo largo de mi vida libros, y no solo libros, también autores y autoras -estas más abundantes- que han obrado en mí la magia de resucitarme de algún letargo, ya fuera emocional, espiritual o intelectual. Esos letargos que aparecen en la vida de mano de la monotonía cotidiana, las emociones reprimidas, las tristezas no resueltas. Esos talismanes son hálitos de vida que penetran a través de minúsculos símbolos impresos de la mente de un escribiente remoto en el espacio o el tiempo a la propia mente anhelenta sin saberlo; o conociendo su anhelo pero no identificándolo a priori con lo que le va a seducir de este o aquel texto, que en su lectura se desvela como paliativo o alimento y descubre ese deseo oculto, resucita esa oscuridad para traerla al borde del pozo y que se oree y asolee.
             Un libro talismán cumple la función de resucitador cuando llega en el momento justo, en una curiosa encrucijada espacio-temporal en la que una mano se tiende hacia un título en que la vista se ha quedado prendida. El hecho de asirlo, de voltearlo para leer la breve reseña trasera; la acción de abrirlo, de pie, en la librería, en un momentáneo aislamiento y leer unas pocas palabras, frases, algunos renglones del comienzo, un párrafo de sus páginas intermedias y, por pura disciplina, abstenerse de atisbar en las últimas es ya un acto de fe, de dejarse atraer por ese objeto en el que una intuye que habrá de sumergirse y abstraerse por horas y días para responder a la silenciosa llamada que nos ha hecho, para responder a ese impulso, esa intuición -inteligencia silente y penetrante- que ha llevado la mirada a él substrayéndola de cualquier otro, que ha ordenado a la mano sin su permiso: tómalo.
              Y la vuelta al hogar, o el retiro a esa plaza o parque predilecto, se ejecuta en un estado de emoción confusa, reprimiendo la necesidad de tomar el talismán en plena calle y abrirlo para comenzar a sentir su influjo; bien es sabido que quien sucumbe a esa necesidad puede acabar por dar con su frente en una farola o su pie en un mal apoyo. Después, como si de un regalo se tratara, desenvolvemos las primeras palabras y líneas con ansiedad y sucumbimos a la alegría, el placer de nuestro juguete nuevo, aún sin consciencia plena de que habrá de transmutarse en talismán al cabo de unos párrafos o páginas, pero con la esperanza, oculta a nosotras mismas, de que así ocurra.
             Bella idea la de Olivia Sudjic, real por añadidura, para quienes amamos las palabras, ordenadas en forma de ensayos o novelas, distribuidas para conformar un poema o un drama, extendidas sobre superficies de papel para narrarnos u ordenarnos el mundo, para conformarlo de forma inesperada, para solaz de nuestra vista y oídos, para informarnos, convencernos o sencillamente compartir aquello que un día estuvo en la mente, las emociones, las tripas de un autor, de una autora, de un escribiente y que dejó escapar de sus dedos para que se posaran en un papel o una pantalla de ordenador.

domingo, 29 de abril de 2018

De las corridas de toros a "La manada", secuelas de la dictadura

            Tengo un amigo a quien le gustan las corridas de toros. Me dice que los toreros son valientes. Yo le respondo que más valor hay que tener para salir adelante con sueldos de miseria, hijes, facturas de servicios básicos e hipoteca que a lo mejor no puedes pagar y un día de estos te ves en la calle... También ser mujer día a día y mucho más si eres inmigrante, si no eres fémina heterosexual, si...
          En las corridas de toros, "la manada" se llama cuadrilla. La cuadrilla la componen varones que torturan de diferente forma a un animal, toro, mediante lesiones de banderillas y rejón para que pierda fuerzas y el torero lo pueda matar, lo debilitan para que uno lo remate. Actúan colectiva y coordinadamente para torturar y dar muerte a un animal al que crían expresamente para ese cometido de víctima. Eso está considerado en mi país una fiesta, y lo llaman fiesta nacional por añadidura. Es un festejo representativo de nuestro país dentro y fuera de nuestras fronteras.
          Un grupo de hombres acorrala a una mujer, la torturan sexualmente penetrándola numerosas veces vaginal, anal y bucalmente y le "matan" los inicios de su juventud. Se retransmite mediante móvil -no por la tele como las corridas de toros-, los seguidores aplauden y alaban la faena. Los participantes, la manada-cuadrilla, se felicitan por su éxito, por lo bien que lo han hecho. Muestran el dolor y sufrimiento de la víctima como trofeo, al igual que se muestra al animal muerto en la plaza, y ufanos presumen de hazaña cual torero que da la vuelta al ruedo mostrando una parte amputada del animal, oreja, rabo, entre aplausos del público.
            ¿Por qué nos extrañamos de que en este juicio no se considere agresión sexual, violación, los hechos padecidos, sufridos, por esta jovencísima mujer? ¿Por qué nos sorprende que la ley no lo contemple rotundamente así? Nuestra fiesta nacional nos retrata, retrata una cultura que rinde tributo al poder sobre el supuestamente débil, que no es tal, solo un animal a quien se debilita a propósito mediante tortura cruenta y cruel, encerrado sin escapatoria posible.
          Nuestra cultura, heredera del franquismo-catolicismo, es una cultura obsesionada con encumbrar y ensalzar el sufrimiento y la muerte: el hombre más valeroso, el que pierde la vida en una guerra; la mujer más valerosa, la que pierde la vida defendiendo su "virtud" (porque si no la defiende parece que tenga merecido lo que le suceda); la Semana Santa celebra la muerte del Dios católico y se olvida de la parte más hermosa y esperanzadora que es la resurrección; el/la mejor trabajador/a es quien entrega su vida al trabajo sin mirar la cantidad de horas, su salario mísero ni el desgaste de su salud; etc., etc., etc., demasiado largo...
               Han pasado más de cuarenta años de la muerte de un militar dictador que se sublevó contra una democracia -tuviera los defectos que tuviera, pero era una democracia-. Durante cuarenta años -tras unos pocos de república y muchos de dictadura anterior y monarquías absolutistas y siempre bajo la tutela de la iglesia católica- hemos sido educados moral, espiritual, mental, emocional, social, económica, culturalmente, etc. por un régimen militar-religioso por el que la famosa Transición ha pasado de puntillas. Hasta que no lo derroquemos dentro de nosotres mismes con todo el apoyo mutuo de que seamos capaces y no lo derroquemos en nuestras formas sociales y de convivencia, en nuestros hábitos, costumbres y comportamientos, desde los políticos, económicos, judiciales, institucionales... , hasta los modestos y cotidianos de cada día a base de mucha solidaridad y cooperación, no habremos derrotado definitivamente a la dictadura, sus secuelas y a sus secuaces.
           Hasta que en este país no nos parezca una bestilidad, un sinsentido, una aberración sentencias como la de "la manada", condenas judiciales por canciones, chistes, posiciones políticas discrepantes, etc., desahucios, condiciones de trabajo cercanas a modos esclavistas, incapacidad para recibir y alojar a exiliados, abusos y acosos sexuales como formas normales de relación, y el sinfín de situaciones que se te están pasando por la cabeza, no nos podremos llamar democracia con mayúsculas, solo seremos la eterna prolongación de una Historia incapaz de mirarse a sí misma, aprender de sus errores y cambiar.

lunes, 4 de agosto de 2014

De tu distancia a la mía

Tic-tac
caen las gotas de tiempo
resbalan por tu espalda
resbalan por mis pechos.

Tic-tac
caen los segundos
pegados a tu piel
pegados a mi cuerpo.

El reloj del tiempo
no manda sobre olvidos de pieles
el tiempo del reloj
no manda sobre los besos
que se pierden.

Si en tu piel y la mía
mandara el segundero
roto habría quedado
de tanto ajetreo.

Se te cansan los ojos
de mirar el futuro
tanto oscuro perdido
en los segundos.

De tu distancia a la mía
solo tregua un minuto
el que tarda tu mano
en acercarse a mi mundo
que no tiene tic-tac
minutos ni segundos
ni tiempo ni reloj
porque a la vida
se los hurto
para que tu piel y mi cuerpo
respiren juntos.

                                        El beso                                          Gustav Klimt

sábado, 2 de agosto de 2014

El discurso de Rajoy y el mocho de la fregona

 
                                                         
                  Dicen que a los conductores se les desata la mala lengua en los atascos y otros incidentes viarios. Como yo no conduzco, a mí se me desata la mala lengua cuando escucho a la mayoría de los políticos. Ayer, a golpe de mocho de fregona, me escuché de pe a pa el discurso de nuestro presidente de gobierno.
Les aseguro que se limpia bien el suelo, una pasa y repasa las losetas al ritmo iracundo de
                                       ¡Y una mierda pa ti!
Aparta el ventilador y levanta la manta camilla al son mascullante de
                                        ¡Y una mierda, tío!
Escurre el mocho con una fuerza desconocida al compás de un enorme:
                                                                                                      ¡¡Tú eres gilipollas!!  
                 Habría pasado mejor rato si me hubiera puesto a Elvis, porque el suelo queda como una patena con un buen rock, pero me gusta escuchar una versión original antes de los comentarios, por aquello de saber con qué sesgos convivo en los medios de comunicación.
                Un rato después, mientras preparaba la comida, pensé que mejor almorzar con los Simpson, porque puestos a ver y oír a un garrulo que ignora la vida y necesidades de los demás, prefiero a Homer a un señor harto soso que se ha llevado veinte minutos diciendo -eso sí, todo engatusado y repulido de números- que
                       España, gracias a nosotros, va bien y el próximo año, mejor.
                 ¡Coño, qué casualidad, el año que viene hay elecciones generales...!

(Pena no poder estar en la rueda de prensa para espetarle que toda la gente que conocemos se está quedando sin agujeros en el cinturón o lo ha tenido que empeñar, y no precisamente en Suiza, Luxemburgo, las Caimán o Andorra).

                                                                   Epílogo

Entre la lechuga y los tomates de la ensalada se me cayó la ira (vestida de sarcasmo) del señor Rajoy hacia un periodista que le mencionó a Pablo Iglesias y a Alberto Garzón (por aquello del relevo generacional): dime qué te cabrea y te diré qué temes (y, por cierto, qué no respondes).

Tampoco tuvo mucha fortuna quien le preguntó por la ley del aborto y por la de dependencia, no se acordaba, ¡se habían tomado tantas decisiones en el consejo de ministros!: tuvo que rebuscar entre sus papeles qué había de esas leyes que inciden directamente en la vida de las mujeres... Si seguimos limpiando el suelo con fregona como en los años setenta u ochenta, ¿por qué no poner las leyes a ese nivel? El asunto es que por aquella época aún había quienes exigían que los suelos se fregaran de rodillas... ¡Ojito!

 

viernes, 18 de julio de 2014

Limpieza general

                       Hacer limpieza general en casa y además con el propósito de levantar hasta el último rincón -¡bendita mi casa que no tiene trastero!- y deshacerme de cosas estancadas -como un limo pegado al ánimo que ni sabía que existía-, tiene la ventaja de que en el fondo me deja muy relajada y, en la superficie, unas ganas de sentarme y meter las lumbares en el sillón que ni te cuento. También tiene el inconveniente -será porque cae el día- de que me vuelvo simplona cuando vuelvo a ojear el periódico.
                         
                    Un artículo que se titula "¿Qué hacemos con ellos?" encabezado por la siguiente foto:
                                       Pues tirarlos y votar unos nuevos, digo yo ¿no?
                       
                      Un teniente que escribe una novela en la que denuncia mamoneos internos del ejército es condenado por un tribunal militar a dos meses de reclusión en un centro de internamiento disciplinario.
                      Total, la separación de poderes: el poder judicial castigó a Garzón, el militar castiga a este joven y el ejecutivo (los de la foto de arriba) nos sigue castigando a todos los demás: unos, como el primero, se van del país -creo que una ministra lo llama movilidad laboral, mi tía Filomena emigrar, que ya ella lo hizo en los 60-, otros, como el segundo, entran en la chirona pública por protestar de los mamoneos del ejecutivo:

                   También me fijo en las noticias cinematográficas. Por lo que se ve se estrena "El amanecer del planeta de los simios".

                    Creo que trata de una época en la evolución en que todo es permitido si se tiene dinero a raudales.

                       Para terminar -que la noche ya ha caído- me paseo por los ecos de sociedad. No sé si es el sueño que tengo, que me nubla la vista, o es que en el fondo estoy de ánimo sandunguero, pero... ¿no es sutilmente pelvis con pelvis, resfregoncillo que lo llaman en mi tierra, la foto oficial?

lunes, 14 de julio de 2014

Curiosidades de la vida política

                        Hoy leo en el periódico que una eurodiputada de Podemos solo va a cobrar como sueldo lo que ya percibía por su trabajo como docente y que el monto restante lo va a donar a una asociación, pues se había comprometido a no elevar su nivel de vida.
          No sé cómo serán las cosas en el Parlamento Europeo, en el de por aquí, un poco:
La culpa es de...
                                        Nosotros no hemos sido...
            El empezó...
                                                               Yo no he dicho eso...
Yo no le he llamado... 
Sí, tú si me has dicho que yo...
                                                                    Fulanito no me escucha...
Menganita me ha pegado...
¡¿Yo?!
                                    Y, por supuesto, mucho barullo, corrillos, acorralamientos, silbidos, pitadas, palmas, amenazas sutiles o descaradas, presunciones y devaneos, secretos susurrados en esquinas poco visibles, intercambios de información...
                          ¡Ay, ya me he despistado! ¿Estaba hablando de un recreo o del parlamento, del congreso...?
              En fin, da lo mismo. Hace años le oí decir a un psicólogo que si nos parecía que un adulto se comportaba como un niño de tres años, que no nos cupiera duda: era un vampiro emocional, un manipulador (la criatura no, está en la edad propia). Pues eso será... 
                         Por cierto, que en el mismo periódico también venía la noticia de que un político deja su escaño después de llevar imputado más de un año por presunto tráfico de influencias y ahora también por soborno. Sí, eso pasa mucho en el cole, cuando le pides a algún alumno o alumna que se cambie de asiento porque su comportamiento no es aceptable para el grupo y protesta porque quiere seguir sentado con sus amiguitos.



 

viernes, 11 de julio de 2014

Sin etiquetas

               Hoy, ayer, anteayer, hace años... leo el periódico: palabras asociadas a un dolor y un sufrimiento universal: Palestina, Gaza, Israel...
                Cierro los ojos y miro a mi alumnado adulto de las clases de español: Senegal, Brasil, Marruecos, Rumanía, Pakistán, Sáhara. Los veo a todos callados, sumido cada una, cada uno en su tarea, descifrando la lengua del país donde ahora viven. Todos unidos en el silencio por el mismo afán: aprender.
                Abro los ojos y los veo, cuando entran en clase, cuando toman asiento, cuando se saludan. No se mezclan, cada uno con los suyos.
          Cierro los ojos y los veo en una actividad grupal: grupos interculturales. Se comunican como pueden: ríen, sonríen, hacen gestos: sí, sí, no, no, ¡ah, ya!... Disfrutan de la actividad: juntos, diversos. Los veo a todos, a todas tan distintos, tan distintas. Se rompen tópicos y mitos.
                
                 M. A., una mujer marroquí de treinta y tantos, madre divorciada que saca adelante a sus tres hijos sirviendo en una casa. Tal como llega -sonriente como siempre-, si no han venido varones a clase, se deshace del pañuelo que cubre su pelo y se remanga: ha venido a toda prisa y está acalorada. Sin embargo, M. una mujer saharaui de su edad sigue con su pañuelo, sus mangas largas, solo su cara y sus manos son visibles, su sonrisa cuando se abanica con la carpeta y exclama "Hoy mucho calor". Y D., un joven senegalés y L., una mujer brasileña madura y tostada por el sol de recoger naranjas, bromean: "¡Tú sí que no tienes problema con el sol!" y D. ríe. Es como el chocolate, un tazón dulce, sereno, reconfortante. Vende marroquinería en un puesto ambulante durante todo el día, antes se levanta a las seis de la mañana para orar.
                     S. hace semanas que se fue para dar a luz. Es una chica marroquí moderna y culta que cursaba 2º de Económicas en su país. Se vino para tener a su hijo aquí, donde su marido trabaja de cocinero. Hoy nos visita, quiere presentarnos a su pequeña. Dice que el curso próximo volverá a clase. En sus grandes ojos miel habita una soledad inmensa.
                   Y E., una jovencísima rumana, esbelta y tostada por el sol de recoger patatas, avispada y divertida, que se nubló a las pocas semanas de llegar: su madre murió de repente en su país natal. 
                    Quizá pudiera ir contando algo de cada uno de ellos, de cada una de ellas, desde los diecisiete años de E. a los cincuenta y cinco de I., pero a fin de cuenta lo que haría es la semblanza de personas tan normales como tú y yo, solo que ellas, ellos llevan etiqueta: extranjeros, inmigrantes, negros, musulmanes, mafias, integristas... Y con esa manía de etiquetar, convirtiendo el mundo en un gran supermercado, alimentamos el poder de los depredadores económicos y políticos, ¿somos conscientes de ello?



              
       
               

miércoles, 9 de julio de 2014

La Rabia Diaria II

Principios de los ochenta:

Una mujer, en un pueblo andaluz, va en busca de quien le han recomendado en secreto. Allí, en un habitación de una casa desconocia, a solas, recibe en su vagina un palo impregnado de ruda, una planta tóxica cuando se usa en grandes cantidades. 
Volverá a su casa tan sola como fue allí, dolorida, con retortijones en su seno, disimulando el temblor de sus piernas... Disimulando. Ahora solo queda esperar y que todo salga bien, si no...

Una mujer consigue una dirección mediante una amiga. Viaja unos centenares de kilómetros con su compañero en un pequeño utilitario. Es un piso, es un médico, hay una enfermera. Sin anestesia, siente como se le desgarran las entrañas, como le arden. Le cuesta caminar cuando sale de allí. También le ha costado más de lo que gana al mes limpiando casas. Él la ha ayudado. 
A la vuelta, ya noche cerrada, lluviosa, nerviosos, el coche derrapa y van a parar a un fangal a la margen de un río crecido. En un bar de carretera cercano les ayudan. 

Ella llora, no sabe qué hacer. Su amiga posa la mano en su brazo. Si te decides, avísame, le susurra.

Año 2014:

¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Yo, nosotras, vosotras, ellas tenemos memoria histórica y debemos ejercerla: ¡Que no se repita la historia!

 No hay símbolos caducos, todos sirven para recordarnos los caminos que recorrimos, los que debemos seguir recorriendo.

Hoy he encontrado en el periódico esto:
http://www.publico.es/culturas/532825/yo-decido-el-tren-de-la-libertad-las-cineastas-espanolas-dan-un-paso-al-frente

martes, 8 de julio de 2014

La Rabia Diaria

                    A mí en vacaciones me da por leer la prensa. No es que esté desinformada el resto del año, no, pego el oído a la radio y me oriento en el maremagnum de corrupciones, difamaciones, cantamañanas y sinvergüenzas: pero prefiero Los Simpson, The Big Bang Theory o al Doctor Who y si fuera hombre, libraría mis batallas iracundas con Juego de Tronos. Pero estoy de vacaciones y leo la prensa. Y leo artículos y editoriales y, por fortuna, tengo tiempo. Hoy, en el lateral de un artículo, bajo la pequeña foto de su autor, esto:

 "Los que trabajan tienen miedo a perder el trabajo. Los que no trabajan tienen miedo a no encontrar nunca trabajo. Quien no tiene miedo al hambre tiene miedo a la comida. La democracia tiene miedo a recordar y el lenguaje tiene miedo a decir.Es el tiempo del miedo.Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.Miedo a los ladrones, miedo a la policía. Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fué y a lo que puede ser. Miedo de morir. Miedo de vivir" 
                                                      E.Galeano
                       
                       Y recuerdo la discusión con un conocido que es marxista: él sostenía que la raíz de todo, causas y luchas, es política y económica; no le decía yo que no, pero que había que tener en cuenta las emociones humanas, la codicia, el deseo insaciable de poder, el miedo... como armas de destrucción de las personas con la finalidad de que aparquen sus luchas: sociales, personales, íntimas o solidarias. 
                          Hoy he recordado esa discusión porque el miedo, todos esos miedos que enuncia Galeano y más, no pueden, no deben derrotarnos. Porque estoy harta de oír en los medios de comunicación que "los pobres" (es decir, aquellas personas que son apaleadas por este sistema económico) sienten vergüenza de serlo. ¿Cómo hemos llegado a constituir una sociedad en la que la víctima de una bestial manipulación y agresión económica siente que es culpable y los causantes son encumbrados? ¿Cómo hemos llegado al punto en que guardar cola en un comedor social sea una situación que haga desviar la mirada, ocultarlo, y desfilen con la cabeza bien alta quienes han provocado, ayudado y mantienen con sus palabras, hechos o silencios esta situación?


            Pero hay que transformar la energía que nos da en movimiento...

martes, 30 de abril de 2013

Las agujas del tiempo

Autorretrato entre Reloj y Cama  Eduard Munch


Las agujas del tiempo
nunca responden a nuestros deseos
su giro tan usual como inesperado
respira en las paredes de nuestro vientre
gira en nuestros ojos adormecidos de dudas y alabastro.

A nuestro alrededor el sol muda sus hojas
la lluvia seca nuestros dolores más íntimos
y la luz del día esparce por la hierba
la oscuridad de sus raíces.

Dicen que cada día nace un suspiro silencioso
un susurro vociferante
y un grito sordo.

Dicen que la luz no ocupa en tus pupilas
sino un atisbo de mirada
que tus labios escarcharon su última sonrisa
y que tus manos ya no ahuecan nada.

Dicen las agujas del tiempo
que ya tu reloj
no abarca deseos.

                                  ..................... Emma Aliés


El grito           Eduard Munch


martes, 9 de abril de 2013

José Luis Sampedro, un escritor vaca

  
Autor de la caricatura: Iñaki Cerrajería

          Cuando me he enterado de que se ha muerto, he llorado. Pero este buen hombre (y mucho más) era poco amigo de dramones, así que, como escribana, transcribo unos párrafos de su libro “Escribir es vivir”, escrito con la colaboración de Olga Lucas, su compañera.
         ¿Por qué este texto y no otro? Porque es divertido, tierno y certero, y su autorretrato como escritor.

  "Pensemos en una forma sencilla de definir a un escritor. Podemos recurrir a varios ejemplos. Yo me
inclino por aquellos que desmitifican al escritor, que lo bajan de su peana, le despojan de su aureola
mágica y lo muestran como un trabajador cualquiera. El ejemplo más directo, sencillo y, a la vez, muy
ilustrativo del oficio es la comparación del escritor con una vaca. […] espero que me sigan, que puedan
visualizar al escritor comparado con una vaca.
Veamos, ¿qué hace la vaca? Ustedes imaginen la vaca en un prado, tan tranquila, detrás de una cerca
mirando a la carretera. Por la carretera pasan infinitas cosas. Pasan los labradores que van a labrar los
campos, pasan los turistas, pasa la guardia civil, pasa el coche de línea. Y la vaca lo mira todo. Ustedes, los que viven por aquí, se habrán fijado en los ojos de las vacas. Los ojos de las vacas son maravillosos, son un prodigio, merecen tantos madrigales como los ojos de las mujeres hermosas y no los tienen las pobres. […] Los ojos de las vacas son asombrosos,son grandes, tremendos, son protuberantes, casi esféricos, se salen casi de las órbitas. Además, están uno a cada lado de la cabeza, con lo que tienen seguramente un campo visual, un gran angular que los humanos no tenemos. Un campo tremendo. Los ojos de la vaca son sensacionales. Y ¿qué hace la vaca viendo todo aquello? Se lo zampa, lo observa todo. El escritor también. El escritor es un voyeur , confesémoslo de una vez, y lo digo en francés para que no parezca indecente. El escritor lo ve todo, lo oye, lo huelo todo – no digo que lo toca porque eso ya sería pasarse - , pero el escritor, verdaderamente, es una cotilla. Volvamos a la vaca. ¿Qué pasa con ella al cabo de un rato? La vaca agacha la cabeza, arranca con sus dientes unas briznas de hierba, las mastica y se las traga. ¡Ah!, pero como ustedes saben muy bien, la vaca es un rumiante. Y, además, tiene cuatro estómagos, quien los pillara, ¿verdad?, para disfrutar más de la comida. La vaca se saca de uno de sus cuatro estómagos lo que ha tragado, lo vuelve a la boca y lo mastica de nuevo. El escritor actúa también como un rumiante: a todo lo que ha visto, todo lo que ha tocado y oído le da vueltas y más vueltas. Yo, por ejemplo, voy por la calle, y como el de escritor es mi oficio permanente, tengo a mi lado mi ordenador de bolsillo.

(En este momento, el profesor Sampedro saca de su bolsillo un pequeño bloc, lo agita en alto para que
todo el mundo lo vea, la clase sonríe y él ironiza.)

Sí, ya les dije que adoro la técnica; este ordenador de bolsillo es un artefacto muy práctico, gasta muy
poca energía, la que pongo yo. Pues bien, con este artefacto voy por la calle, se me ocurre una idea y
la anoto aquí, en esta hojita. Sigo caminando, se me ocurre otra que nadie tiene que ver con la anterior y la escribo en esta otra hojita. Naturalmente, cuando llego a casa, no están por orden. Pero eso lo resuelve mi ordenador, porque no lo olviden, esto es un ordenador, y lo hace del siguiente modo: gracias a mi gran práctica y un movimiento hábil de muñeca, se arrancan las hojitas, se cambian de sitio juntándose las afines y separando las inconexas. Es decir, el escritor hace lo mismo que la vaca: rumia lo que se ha tragado observando, le da vueltas, lo trabaja. La vaca transforma la hierba en sustancia vacuna, el escritor transforma lo que ve, lo que toca, lo que piensa, lo que imagina, lo que ha ocurrido y lo que no ocurrió, pero hubiera querido que ocurriera; el escritor transforma todo en carne. Porque el escritor auténtico escribe con su carne, su sangre, su médula, lo mismo que la araña teje su tela con su propio cuerpo. Bueno, he dicho la araña, tal vez debería haber dicho el gusano de seda. Es mejor, más poético. Además, como saben ustedes hay especies de arañas que se comen al macho durante la cópula, cosa que nunca me ha hecho gracia, pero, sí, hacen su tela que es la idea que quería expresar. Resumiendo, el escritor, como la vaca, observa, rumia, transforma, convierte en sí mismo; escribe con lo que es: hace y se hace. Y para que vean que mi metáfora es acertada, ¿qué pasa al final del día con la vaca? Llega el dueño, se la lleva al establo, la ordeña y al día siguiente vende la leche y se queda con los cuartos. Eso sí, deja a la vaca el diez por ciento para que siga escribiendo. ¿No les parece a ustedes que mi imagen del escritor como una vaca no es tan desatinada? Con un poco de imaginación y sin mirarme al espejo puedo verme como una vaca consciente porque soy un escritor. [...]"